Antiguos Bailes II - María la Vasca
por/by Héctor Benedetti

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María la Vasca
Para Laura la Morocha (cuya casa de baile describiéramos el mes pasado) su gran rival fue María la Vasca. Veinte cuadras las separaban —Laura estaba en Recoleta, la Vasca
en San Cristóbal—; pero veinte cuadras sobre el mismo eje urbano de Jujuy-Centroamérica (hoy Pueyrredón). Y lo mismo que en lo de Laura, en la casa de la Vasca el baile ocultaba la verdadera fuente de ingresos: el lenocinio.

Es que dentro de los límites de la Capital los prostíbulos tenían prohibido el consumo de bebidas alcohólicas y el baile. Como ambos eran complementos indispensables para atraer clientes, lo mejor era habilitar el local como un lugar bailable y que el lupanar funcionase sotto falso nome. Con ello, las casas particulares como la de Laura (Laurentina Montserrat), la de Mamita (Concepción Amaya) o la de la China Joaquina (Joaquina Marán) pasaban simplemente por lugares “de diversión”. De diversión; como si el quilombo grande de La Chacarera, en Avellaneda, fuera un lugar de recato.
La Vasca era el apodo de María Rangolla. Había abierto su establecimiento, a la vez que su escote, hacia la última década del siglo XIX en Europa (hoy Carlos Calvo) 2721. No le preocupaban las apariencias; no tenía aquel prurito estético que cultivaba Laura: si esta decoraba su local como los que se ven en las pinturas de Lautrec, la Vasca, por el contrario, aprovechaba cualquier mancha de humedad para decir que lo suyo era “decoración rústica”. Por cierto que sus pupilas eran menos pretenciosas con los parroquianos. El dinero, sin importar la traza de quien lo exhibiera, era suficiente pase para bailar primero y acostarse después.
Los músicos reconocían que era muy importante pasar por la casa de la Vasca. Significaba un lugar de fogueo, un sitio desde el cual proyectarse. Allí perfilaban sus estilos y estrenaban sus tangos. El boca a boca de los clientes hacía lo demás.
Atentos a la respuesta del público, entre otros animaron los bailes de la Vasca los pianistas Alfredo Bevilacqua, Manuel O. Campoamor y Rosendo Mendizábal (quien presentó allí hacia 1897-1898 su gran éxito, El Entrerriano); también los violinistas Ernesto Ponzio y Genaro Luis Vázquez; el clarinetista Juan Carlos Bazán (autor de un tango llamado La Vasca); el flautista Luis Teisseire; y los bandoneonistas Domingo Santa Cruz y Vicente Greco. Entre los bailarines se recuerda a Elías Alippi demostrando sus habilidades.
María la Vasca fue pareja de Carlos el Inglés, otro organizador de bailes. Los suyos eran en la sociedad Patria e Lavoro, de Chile 1567, y tenían fama de estar entre los de peor calaña.
Copyright © El Tangauta 2008



Old dances, II - María la Vasca

The great rival of Laura the Dark One (whose house of dance we described last month) was María the Basque. Twenty blocks separated them —Laura was in Recoleta, the Basque was in San Cristóbal—; but those twenty blocks were on the same urban axis
of Jujuy-Central America (today Pueyrredón). And the same as at Laura’s, in the house of the Basque dancing hid the true source
of income: pimping.

Inside the limits of the Capital consumption of alcoholic beverages and dancing in brothels was forbidden. As both were indispensable to attract clients, the best way around it was to license the venues as dance halls and have the brothel function sotto false nome (under false pretenses). This way, the private houses such as lo de Laura (Laurentina Montserrat), Mamita’s (Concepción Amaya) or that of la China Joaquina (Joaquina Marán) passed simply as places to have fun. To have fun, as if the large brothel of La Chacarera, in Avellaneda, was a place of modesty.
The Basque was the nickname of María Rangolla. She had opened her establishment, at the same time as her neckline, towards the last decade of the 19th century in Europe (today Carlos Calvo) 2721. She did not worry about appearances; she did not have that esthetic inclination that Laura displayed: if the latter decorated her house imitating the paintings of Lautrec, the Basque, took advantage of any dampness spot on the wall to say that it was “rustic decoration”. Her pupils were certainly less pretentious with the customers. Money, irrespective of what its owner looked like, was enough to dance first and to go to bed later.
Musicians knew that it was very important to pass through the house of the Basque. It was a place for practicing, a place from which to project oneself. There they sharpened their styles and premiered their tangos. The mouth to mouth of the clients did the rest.
Attentive to the reactions of the public, featured among the entertainers at the Basque’s, were pianists Alfredo Bevilacqua, Manuel O. Campoamor and Rosendo Mendizábal (who presented there toward 1897–1898 its great success, El Entrerriano); also violinists Ernesto Ponzio and Genaro Luis Vázquez; clarinetist Juan Carlos Bazán (author of a tango called La Vasca); flutist Luis Teisseire; and bandoneon players Domingo Santa Cruz and Vicente Greco. Among the dancers people recall Elías Alippi showing his abilities.
María the Basque was life partner of Carlos the English, another organizer of dances. Their dances were held at the association Patria e Lavoro, at Chile 1567, and they had the reputation of being among those of the worst sort.
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