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No es por hacerme el exquisito, te pido que me creas. Es bastante más profundo… cómo explicarlo... Uno de tus grandes problemas es la coordinación. No me refiero a la motricidad fina, que para ello has invertido tus buenos mangos en dudosos y prestigiosos maestros. Me refiero más bien a la coordinación de nuestro postergado encuentro. Pareciera, querida mía, que no terminás de entender el juego, y eso es poco menos que un pecado.
Yo voy a cumplir con mi parte, varoncito que soy, no tengas dudas. Ya me verás con la espalda erguida y el cogote estirado, el entrecejo ligeramente preocupado y esa mirada viril que tanto he ensayado en largas mañanas de brocha y prestobarba. Ya me verás ubicando tus ojos con precisión cartesiana y entonces sí, un gesto ligero, una sutileza felina y certera en mis movimientos te invitará a bailar. Un canto al coraje, querida mía, porque tanto yo como mi maravilloso ego quedaremos expuestos a una respuesta negativa. Mi legítimo orgullo desnudo en medio del salón; los años empeñados en cultivar esta indomable estampa de galán jugados a cara o cruz en ese mensaje cifrado que te invita a bailar.
No es poca cosa. Es por eso que lo único que te pido es que no me lo hagas aún más difícil.
Quiero decir: si sabés que no me gustan las orquestas picadas, cuando suenen dame descanso. No me obligues al astigmatismo milonguero, al “te miro pero no te veo”. Buscáte una tandita piola, término medio, algo que nos permita tener la noche en paz. Una milonga ni lo sueñes, por favor te pido, vayamos con cautela.
No me busques a la hora pico. ¿No ves que la pista parece la Bristol de Mar del Plata? ¿Qué peregrina razón me llevaría a invitarte a bailar en esas condiciones? Preferiría que te lleves un buen recuerdo mío y no una media corrida o un pisotón propiamente en el juanete (recordá que la naturaleza imita al arte). Esperemos mejor a que se vacíe un poco la pista.
Además te vengo observando y hay ciertas conductas que debieras cambiar urgentemente.
Si hay ventiladores atáte el pelo; y si no también, que me entran los rulos en la nariz y me agarra la alergia. Y fijáte un poco más a quien le salís. ¿O acaso no sabías que aquél en una tanda te iba a dar más patadas que las que da un defensor de El Porvenir en todo un campeonato? ¿Y pretendés que después te saque yo? No, cariño, no es así...
A mí no me agarres de la nuca, te lo pido por favor: me pone neurótico y además nos manda en cana. ¿Y encima querés que te baile vestida así? ¿Para qué? ¿Para que los puntos se deshidraten y las minas me hagan la cruz? Ni loco, muñeca; ¿cuál es mi negocio? Despertáte de una vez...
Olvidáte para siempre de la purpurina. Dejás a los tipos marcados como si vinieran de la yerra y, convengamos, quedás casi tan elegante como las que combinan los zapatos de tango con soquetitos.
Y sacáte esa costumbre de acomodarte el corpiño entre tango y tango, que para que no se me escape la mirada tengo que respirar como los maestros tibetanos y recitar para mis adentros las estrofas de Pobre mi madre querida.
Y si me vas a hacer el suspirito en la oreja después no te hagás la Lady Di, porque a mí me sube la sangre india, no sé si me expreso. Y conmig...
– Che, ¿la sacaste a bailar a aquella alguna vez?
– No, nunca se dio la oportunidad...
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