por Héctor Benedetti • ilustra: Jorgelina Tassa
Ana Turón, historiadora y gardeliana del Azul, ha traído referencias de dos tangos que recuerdan a un homicida de la zona. El primero, el más evidente, se llama Don Maté 8 (léase “Mateocho”); tiene música de Domingo Cristino y letra de José Ponzio. El otro es un homenaje al abogado que se negó a tomar la defensa: Doctor Carús, y pertenece a M. E. Montes de Oca. Ambas composiciones, más unos cuantos versos en revistas de la época, fueron el testimonio en rima de uno de los casos más estudiados de la criminología argentina.




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El Trébol y La Buena Suerte
“El coloso criminal”, lo llamará una canción. A esta imagen monumental (la de un titán asesino, incluso esculpido en mármol) siguieron miles de descripciones, ninguna serena: “alma de sangre y lodo”, “impostor repugnante y maldito”, “asqueroso reptil respetado en el mundo social azuleño”. Los médicos forenses lo auscultaban siguiendo las técnicas de Lombroso, y el ciudadano común exigía la pena de muerte.
Mateo Banks. Pocos nombres conjuraron tanta lobreguez, con sombras que se prolongaron por décadas. Su historia, o mejor dicho la historia de su caso, comenzó en Parish, cerca de Azul, en 1922.
Banks pertenecía a una familia de hacendados irlandeses en tranquila posición económica, poseedores de dos rendidoras estancias contiguas: “El Trébol” y “La Buena Suerte”. Había sido vicecónsul de Gran Bretaña, consejero escolar por el Partido Conservador, representante de la firma Studebaker y miembro de la más alta burguesía católica. Este hombre (alto, robusto, con anteojos a lo Harold Lloyd e indiscutible traza irish) llegó una tarde a la funeraria del pueblo para encargar ocho ataúdes, dos de ellos blancos: su familia, incluyendo dos criaturas, más un capataz y un peón, estaban muertos a tiros.


El verdugo exponencial
Entre sollozos, anunció que el capataz había enloquecido y, escopeta en mano, acababa de matar a todos; gracias a sus reflejos, él había conseguido librarse del exterminio y a la vez ajusticiar al criminal.
Pero esto fue poco creído desde el comienzo, lo que originó una serie de contradicciones y ataduras de cabos que terminaron condenando a Banks; tanto por las pruebas como por las opiniones. Se sabía que tenía problemas con el juego y que no se llevaba muy bien con sus parientes. Luego apareció un farmacéutico jurando que le había vendido estricnina, y a continuación trascendió que hubo un mediodía en que la comida de la estancia debió tirarse por su sabor horrible. Lo más inquietante era el testimonio de una sobreviviente, su pequeña sobrina (que durante la matanza había quedado encerrada en un ropero), porque insistía en acusarlo; pero ¿podía creérsele a una niña asustada, que hablaba a media lengua?
Entre hermanos, sobrinos y personal de las estancias, había ocho cadáveres dispersos; cada uno con sus perdigonadas. Para la gente, Mateo pasó a ser Mateocho.
Era el receptor de todas las sospechas, aunque tenía sus coartadas y más o menos venía defendiéndose. El país entero seguía los pormenores del caso y escuchaba sus gritos de inocencia. Sin embargo, casi nadie dudaba que el asesino era él, movido por la necesidad de heredar rápidamente los campos. Sólo faltaba probarlo.
La estrategia de Banks tenía ráfagas de genialidad, pero esgrimida a empellones, con mucha torpeza. En cierto momento dijo que el capataz le había disparado en un pie. Mostró como evidencia el botín agujereado, pero el juez exigió verlo descalzo… y pocos pies en el mundo gozaban de tan rozagante salud.

Un piadoso convicto
Banks fue sentenciado a reclusión perpetua en el penal de Ushuaia. Ese confinamiento era el castigo para los peores delincuentes (o a los que por conveniencia política se juzgaban como tales); cualquier temporada allí, aún la más corta, en medio de aquella helada brutalidad, convertía al espíritu más recio en un pobre despojo. Él sobrevivió, compartiendo el patio con gente como Santos Godino y Simón Radowitzsky.
Rezaba día y noche implorando la salvación o el castigo de su alma, según lo que le dictara su conciencia en ese momento. Muy pronto comenzó a tener éxtasis religiosos y a cumplir conmovedoras liturgias, que le valieron el apodo de “El Místico”. Siempre se mostró como un preso ejemplar, y esto le significó una rebaja en su condena. Salió libre en 1942.
Entonces se instaló en Buenos Aires. No quedaba nada del mundo que había dejado veinte años atrás; todo era distinto, todo era terriblemente extraño para él. Fue a parar a una sórdida pensión, en la que se inscribió bajo otro nombre (E. Morgan), ocupando una pieza que apenas se diferenciaba de su arañada celda del Sur. Un día de 1949 resbaló en la bañadera, dio su cabeza contra la loza y falleció en el acto.
En la caja fuerte de la prisión había dejado un manuscrito de mil doscientas páginas contando su versión del caso, con rigurosas instrucciones para que fuera dado a conocer recién después de su muerte. Pero estas memorias nunca fueron publicadas y terminaron perdiéndose.
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