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Leopoldo Federico


Federico el grande | Federico the great


A los 82 años, Leopoldo Federico continúa con una vigencia incesante: sigue al frente de su orquesta que lleva medio siglo de conciertos, grabó un disco con cuarteto y fue premiado por sus solos de bandoneón. Además, no para de recibir distinciones y preside AADI. Lejos de los reconocimientos y conciertos, dice que no puede creer todo lo que le está pasando. Entrevista al bandoneonista número uno del tango.

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At 82 years old, Leopoldo Federico continues to have an incessant relevance: he remains at the head of his orchestra, which has half a century of concerts behind it; he has recorded a disk with a quartet and has been honored for his bandoneon solos. What’s more, he is forever receiving distinctions and he chairs the AADI (Argentine Musical Interpretors Association). Distanced from the recognition and the concerts, he says he can’t believe everything that is happening to him. An interview with the Number One bandoneon player in tango.

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Textos | Texts: Andrés Casak
Traducción | Translation: Ute
Fotos | Photos: Carlos Furman
Exclusivo para | Exclusively for: El Tangauta



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Entrevista al bandoneonista número uno del tango.
An interview with the Number One bandoneon player in tango.






Federico el grande | Federico the great



En la oficina de Leopoldo Federico en la Asociación Argentina de Intérpretes se mezclan todas sus pasiones: un bandoneón, un equipo de música, fotos familiares, afiches de sus presentaciones en Japón, algunos vinilos apilados en un mueble, los colores racinguistas. Y al conversar con él también se mezclan los recuerdos, sus vivencias, los nombres. Por allí asoman los años compartidos junto a Astor Piazzolla, Horacio Salgán y Julio Sosa; su medio siglo al frente de la orquesta típica más veterana en actividad; su tío Chilo, el responsable de su amor por la música. Y, por supuesto, aparece el tango.

Es muy curioso: cuando Leopoldo habla, a los 82 años, todo fluye como si él apenas hubiera sido un testigo involuntario de esta gran historia. Sin darse cuenta, barre con la teoría del arte como una disciplina romántica y la lleva a un nivel bien terrenal: la música entendida como un trabajo cotidiano, como una preocupación vital por superarse cada día. “El tango siempre fue un laburo para mí”, desacraliza Federico. “Nunca pensé en la trascendencia. Ni siquiera se me cruzó por la cabeza formar una orquesta ni vivir de esto. Yo sólo quería que el director estuviera contento cuando tocaba el bandoneón”.

Últimamente, la figura de Leopoldo creció puertas afuera del tango hasta convertirse en una suerte de tótem cultural: fue protagonista de un documental (“Por la vuelta”, de Cristian Pauls) y de un libro biográfico (“Leopoldo Federico, el inefable bandoneón del tango”, de Jorge Dimov y Esther Echenbaum Jonisz) ; salió un disco con solos de bandoneón (“Mi fueye querido”, premiado en los Grammy Latinos) y otro junto a un cuarteto con el guitarrista Hugo Rivas (“Sentido único”); se reeditaron sus álbumes históricos y lo eligieron para numerosos homenajes. ¿Cuánto más se lo puede premiar? Leopoldo sigue sin creer lo qué está pasando alrededor suyo. “Siempre está dando vueltas en mi cabeza hacer alguna actividad más y retirarme. Pero siempre aparece otra cosa y me quedo”, reflexiona.

Para darle un condimento árido a esta historia, en sintonía con el reconocimiento unánime, se profundizaron sus problemas de salud. Concretamente, las dolencias en su espalda y en la rodilla. Eso le dificulta el paso al caminar. Cuando sube a los escenarios, con problemas, encorvado y a veces ayudado por sus músicos, es una persona; cuando se sienta a tocar, es como si se transformara en otra. “A lo mejor es la revancha, porque parado no puedo hacer nada. Apenas me siento, intento hacer todo”.


Tocar el bandoneón lo ayuda a calmar los dolores?
Honestamente, no sé cómo explicarlo. Horacio Cabarcos, contrabajista de la orquesta y gran amigo, dice que yo debería vivir con el bandoneón atado al cuerpo, así se acaban los dolores. Tengo un problema en toda la columna vertebral. Alguna vez los doctores me dijeron de hacer intervenciones quirúrgicas, pero ni loco lo intento. ¡Si hace 10 o 12 años me tendría que haber operado de la rodilla, que la tengo hecha pomada! No me arrepiento, prefiero soportar el dolor. Las operaciones pueden ayudar a mejorar las cosas, pero también conozco gente a la que no le fue bien.

¿Pero se olvida de sus molestias físicas durante las presentaciones?
Sí, cuando toco no siento molestias, y si duele un poco, lo supero. El otro día caminaba por la calle, perdí el equilibrio y me caí. Se me hinchó la muñeca, pero toqué igual y no me dolía. Es como que Dios me dijo: te voy a jorobar todo el cuerpo menos los dedos. Mi problema en la columna es hereditario: de chico, vi a los tíos de mi mamá con la misma dolencia. Según un especialista, hay una zona de Italia donde se hereda este problema. Mi familia viene de ahí.

Hace unos años, dijo que le gustaría volver a armar la orquesta que acompañaba a Julio Sosa. ¿Sigue con esa idea?
Lo que pasa es que de esa orquesta sólo quedamos tres músicos: José Colangelo, Osvaldo Montes y yo. Fui muy feliz en todas las épocas de la orquesta y esa fue una etapa excepcional. También tengo grandes recuerdos del comienzo. En realidad, tuve la suerte de que más allá de lo musical siempre hubo una gran amistad entre los integrantes. Ahora, cada vez que tocamos, si algún músico no puede venir, lo sustituye otro que se mete con pasión en el engranaje. La única forma de mantener a la orquesta viva es así: ir más allá del interés comercial.

Sin la continuidad del trabajo cotidiano, ¿cómo hace una orquesta para sonar de esa forma tan contundente?
Claro, antes las cosas empezaban a salir bien cuando tenían la continuidad del trabajo: el cabaret, la confitería, los bailes. Era muy común ver a la orquesta tocando de memoria, sin necesidad de la partitura, porque la continuidad funcionaba como una ayuda a la memoria. Ahora no. Pero tenemos a favor que nos conocemos desde hace muchos años: los pibes se hicieron medio jovatos en la orquesta (se ríe): Pablo Agri, Damián Bolotín, Nicolás Ledesma, Horacio Romo… El bandoneonista Carlitos Corrales era un nene cuando vino a tocar.

¿No lo cansa interpretar a menudo un repertorio parecido?
Es que hay tangos que no puedo dejar de tocar. Primero, porque me los pide la gente y segundo, porque son cheques al portador. No sirve tocar un tango que me gusta a mí pero que al público no le reporta nada. No quiero arriesgarme a terminar una actuación tibiamente. En eso estoy mal acostumbrado. De todas formas, muchas veces cambiamos las intenciones. Con los músicos, preparamos nuevos arreglitos. Muchas veces hacemos cosas que por ahí pasan desapercibidas. Es una forma de divertirnos.

Horacio Salgán suele decir que antes que arreglador, director y compositor, su vocación es pianística. ¿En su caso cuál es?
Es un poco de cada cosa. La verdad: como arreglador, soy un vago bárbaro. Tengo muchas cosas escritas, que no sé cuándo ni cómo las hice. Hace poco me puse a estudiar mis viejos arreglos, que ni me acordaba de ellos. Y te digo otra cosa: me hubiera gustado ser pianista.

¿Llegó a tocar el piano aunque sea como aficionado?
Debo confesar que lo hice justamente en la orquesta de Salgán, pero no quedan testigos. Sucedió en la primera vuelta en el cabaret Tibidabo, sin público. Sólo estaban las coperas, tomando té, y se tocaba algún tango cada diez o quince minutos para poner un poco de música. Además, como Salgán vivía en La Plata, y terminábamos a las 4 de la mañana en el cabaret para empezar temprano en Radio Belgrano, me pidió que me sentara al piano para la última vuelta. Así él se podía ir a su casa. Me dio tanta vergüenza estar ahí sin hacer nada que, despacito y como la mona, aprendí los acompañamientos de Don Juan, El choclo y Quejas de bandoneón. Salgán, que me lo había pedido una vez por necesidad, después lo tomó como hábito.

¿Le quedó alguna asignatura pendiente? ¿Tocar en la orquesta de Troilo, tal vez?
Una vez tuve la suerte de tocar con su orquesta en Canal 11, pero no con él. La historia fue la siguiente: acompañando a Julio Sosa, estaba con un conjunto de guitarras, pero la cosa no funcionaba. Pichuco estaba mirando todo en los estudios y me llamó para decirme: “pibe, lo veo a usted y sufro yo”. Me dijo que llevara mis arreglos y los ensayara con su orquesta. Si eso pasa ahora, me tomo un avión y me escapo, pero entonces yo era joven e inconsciente y seguí su consejo. Desgraciadamente, perdí el acetato con la grabación de ese programa.

¿Y entonces le quedaron cosas pendientes?
Me hubiera gustado agradecer a la gente que me acompañó siempre, ofreciéndole la seguridad de un trabajo estable y fijo, como puede ser ahora la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto y la Orquesta del Tango de la Ciudad de Buenos Aires. Me hubiera gustado tener una orquesta donde los músicos tocaran con quienes quisieran, mientras cumplieran con el trabajo de ensayar y actuar conmigo. Pero siempre fui un poco temeroso, de andar pensando qué va a pasar el mes siguiente. Hace 65 años que soy músico y vivo así.

¿Pero era temeroso de qué cosa?
De perder el trabajo. En eso, bendigo a Héctor María Artola, que me metió en la cabeza la idea de tener un trabajo estable cuando el tango todavía vivía sus épocas de bonanza. Él había pasado de Radio El Mundo a Belgrano y se llevó a Julio Ahumada, pero no lo dejaron actuar en la emisora porque tenía exclusividad con El Mundo. Parecía la exclusividad que tienen ahora los futbolistas. Entonces me llamaron a mí. El trabajo como director de la orquesta estable de la radio era acompañar a los cantores y, cuando necesitaban, actuaba como solista.

Alguna vez destacó que cuando toca evita el virtuosismo. ¿Por qué?
Nunca me gustó el exhibicionismo musical. Con mi viejo éramos hinchas de Juan Cambareri. Era un bandoneonista que tocaba con Roberto Firpo y que me volvía loco. Hacía un montón de cosas fenomenales y era virtuoso. Por eso, cuando alguien decía que las dos notas que tocaba Troilo valían por mil, lo subestimaba. El tiempo me enseñó que era efectivamente así. En realidad, hacen faltan las dos cosas. Hay momentos en que tenés que sacar todo para afuera. Por ejemplo, con el Octeto Buenos Aires de Astor Piazzolla había que gatillar.

Uno de mis maestros, Félix Lipesker, me enseñó que había que hundir la tecla a fondo, nunca tocar por arriba. Piazzolla metía la tecla a fondo y decía: poné los dedos y dale con todo, si te equivocás que se escuche de acá a La Quiaca, pero no toquemos para dentro. Tocar para dentro es escondiéndote por temor a que se note algo. Esa manera frontal de tocar la asimilé al lado de él. Yo tengo mi carácter, pero lo de Piazzolla fue un caso excepcional. En general se habla de él como arreglador y compositor, pero como bandoneonista también fue un fenómeno. Creó un sonido muy especial.

Usted coordinó la famosa reunión de reconciliación de Piazzolla con los tangueros, ¿no?
Sí, fue en el segundo piso del edificio de AADI en 1988. Se abrazó con Jorge Vidal y Alfredo De Angelis. El asunto era acercarlo a la gente con la cual se había peleado. Con Atilio Talín, su representante, llamamos a todos los tangueros a los que él en algún momento les había pegado en los diarios. Me acuerdo que cuando llamamos a De Angelis, respondió que cómo no iba a ir si lo conocía de pibe. Cuando brindamos, estaba Salgán y Astor le dijo un piropo muy honesto: “la cantidad de ideas musicales que te afané”. Piazzolla tocaba en el Tibidabo y se cruzaba al Tango Bar para verlo actuar. Fue memorable ese encuentro. Yo sólo guardo gratitud hacia el tango. •
In the office of Leopoldo Federico in the Argentine Musical Interpretors Association, his many passions are intermingled: a bandoneon, stereo, family photos, posters of his shows in Japan, some vinyls stacked on a shelf, the colours of the Racing Club football team. And speaking to him, his memories also intermingle, his experiences, the years shared with Astor Piazzolla, Horacio Salgán and Julio Sosa; his half a century leading the oldest traditional orchestra still playing; his uncle Chilo, the man responsible for his love of music.

It’s curious: when Leopoldo speaks, at 82 years old, everything flows out as though he were just an involuntary witness to this grand story. Without noticing it, he sweeps aside the theory of art as a romantic discipline and brings it down to earth: music understood as a daily job, of vital concern towards bettering yourself each day.
“Tango was always a job for me”, reveals Federico. “I never thought about its significance. It neither crossed my mind to form an orchestra, nor to live from this. All I wanted was for the director of the orchestra to be happy with how I played the bandoneón.”

Lately, Leopoldo’s profile has surpassed the heights of tango, to the point of becoming a cultural icon: he has starred in a documentary (
Por la vuelta, by Cristian Pauls) and been the subject of a biography (Leopoldo Federico: El inefable bandoneón del tango, by Jorge Dimov and Esther Echenbaum Jonisz); a disk has been released of his bandoneon solos (Mi fueye querido, a Grammy Latino award-winner) and another together with a quartet, with guitarrist Hugo Rivas (Sentido Unico); his past albums have been re-released and he has been paid homage numerous times. How much more can he be awarded? Leopoldo still can’t believe what’s happening around him. “The idea is always going around in my head that I’ll do one more thing and then retire. But something else always comes up and I stay”, he reflects.

On a more sober note, in tune with this growing recognition, his health problems have become ever greater. Specifically, the pains in his back and knee. This makes it difficult for him to walk. When he climbs up on stage, with problems, stooped and sometimes helped by his musicians, he is one person; when he sits down to play, it’s as though he transforms into another.
“Perhaps it’s my revenge, because standing up I can’t do anything; as soon as I sit, I try to do everything.”


Does playing the bandoneon help to relieve the pains?
I honestly don’t know how to explain it. Horacio Cabarcos, the orchestra’s double bass player and my great friend, says I should live with the bandoneon tied to my body, that way the pains would stop. I have a problem right down the spinal column. The doctors once advised surgical intervention, but no way would I have it. It’s been 10 or 12 years since they should have operated on my knee, which is a mess. I don’t regret it, I prefer to put up with the pain. Surgery can help to improve things, but I also know people for whom it didn’t go well. When I play, it doesn’t bother me, and if it hurts a little, I can deal with it. The other day I walked down the street, lost my balance and fell over. My wrist swelled up, but I played anyway and it didn’t hurt. It’s as though God told me: I’m going to botch up your whole body except your fingers.

Without the continuity of daily work, how does an orchestra manage to maintain such convincing form?
Sure, in the past things started to go well when there was continuity of work: in the cabaret, in the cafe, at the dances. It was common to see orchestras playing from memory, without need of the score, because the continuity served to help the memory. These days, no. But in our favor, we’ve known each other for many years: the kids have turned into oldies in the orchestra (he laughs): Pablo Agri, Damián Bolotín, Nicolás Ledesma, Horacio Romo… The bandoneon player Carlitos Corrales was a boy when he came to play.

Horacio Salgan is heard to say that before being an arranger, director and composer, his vocation is pianist. In your case, what is it?
It’s a little of each. The truth is, as an arranger I’m a terrific slacker. I have many things written down, I don’t know when or how I did them. Not long ago I began to study my old arrangements, which I couldn’t even recall. And I’ll tell you something else: I’d have liked to be a pianist.

Did you ever play the piano, even if it was as an amateur?
I must admit I did, and it so happens in Salgán’s orchestra, but there are no witnesses. It happened in the first tour at the cabaret Tibidabo, without an audience. There were just the hostesses, drinking tea, and there’d be a tango every ten or fifteen minutes to have a bit of music. Anyway, because Salgán lived in La Plata, and we finished at four am in the cabaret to start early at Radio Belgrano, he asked me to sit at the piano for the last round. That way he could go home. I was so ashamed to sit there doing nothing, that slowly, and making quite a hash of it, I learnt the accompaniments for
Don Juan, El Choclo and Quejas de bandoneón. Salgán, who had asked me to do it once out of necessity, started to make a habit of it.

Is there anything left still to do?
I would have liked to show my gratitude to the people who have always accompanied me, offering them the security of stable and steady work, as the National Orchestra of Argentine Music Juan de Dios Filiberto and the Buenos Aires City Tango Orchestra can now do. I would have liked to have an orchestra in which the musicians played with who they liked while they fulfilled their roles rehearsing and playing with me. However, it was always a little fearful; walking around wondering what was going to happen next month. I’ve been a musician for 65 years and that’s how I live.

But what did you fear?
Of losing work. In this respect I can thank Héctor María Artola, who put in my head the concept of always having a stable job when the tango was still living its bonanza years. He had gone from Radio El Mundo to Radio Belgrano and took Julio Ahumada, but they wouldn’t let him work at the station because El Mundo had exclusivity. It was like the exclusivity that football players have now. So they called me. The work as director of the radio’s permanent orchestra was to accompany the singers and, when necessary, I performed as a soloist.

At some stage, you emphasized that when you play you avoid self-aggrandizement. Why?
I’ve never liked musical exhibitionism. My old man and I were fans of Juan Cambareri. He was a bandoneon player with Roberto Firpo and I was crazy about him. He did so many phenomenal things and he was a virtuoso. That’s why, when someone said that the two notes that Troilo played were worth a thousand, they underestimated him. Time has taught me that effectively that’s how it is. In reality, both things are needed. There are times when you have to put everything out there. For example, with Astor Piazzolla’s Buenos Aires octet it was necessary to blast it out.

One of my masters, Félix Lipesker, taught me it was necessary to sink the keyboard to the bottom, never play up and over. Piazzolla took the keyboard down and said:
use your fingers and give it all you’ve got, if you make a mistake, let them hear it from here to La Quiaca [an Argentina’s town bordering with Bolivia], but we don’t play in. To play in is to hide yourself for fear that something will be noticed. This frontal approach to playing I assimilated at his side. I have my personality, but Piazzolla’s was a special case. In general he’s spoken of as an arranger and composer, but as a bandoneon player he was also a phenomenon. He created a very special music.

You co-ordinated the famous reconciliation meeting of Piazzolla with the tangueros, didn’t you?
Yes, it was on the second floor of the AADI building in 1988. He embraced Jorge Vidal and Alfredo De Angelis. The idea was to bring him together with people he’d fought with. Atilio Talín, his agent, and I called all the tangueros that he had at some time maligned in the papers. I remember that when we called De Angelis, he responded, why wouldn’t he go, if he’d known the man since he was a kid. When we toasted, Salgán was there and Astor paid him an honest compliment:
“The number of musical ideas I’ve pinched off you.” Piazzolla played at the Tibidabo and Salgán would by the Tango Bar to see him perform. It was a memorable meeting. I hold only gratitude for the tango. •

Música total


El 2009 mostró a Leopoldo Federico en gran forma y en permanente actividad. Con sus solos de bandoneón ganó un Grammy Latino; con su orquesta descolló en varios conciertos y con el cuarteto que lidera junto al guitarrista Hugo Rivas -a la manera del Cuarteto San Telmo con Roberto Grela- se destapó con un sorprendente disco.

Fue el año en el que se publicó la exhaustiva biografía sobre su vida Leopoldo Federico, el inefable bandoneón del tango, de Jorge Dimov y Esther Echenbaum Jonisz, a partir de reportajes, material de archivo, el análisis y una completa discografía a cargo del especialista Oscar del Priore, además de un DVD. La presentación se hizo en una sala abigarrada de público durante el Festival de Tango, donde Leopoldo terminó emocionado al borde de las lágrimas, como también buena parte de los panelistas y de los espectadores. Por último, sigue adelante con la Asociación Argentina de Intérpretes, entidad que preside desde 1986. Constituyó un año pletórico de actividades. •

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El Tangauta Nº 183 (ENE 2010) • © El Tangauta 2010 •
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